¿Cómo abordar la desinformación sobre COVID-19 que promueven políticos?

porMariana Cianelli
Nov 5, 2020 en Cobertura del coronavirus
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Más de 22.000 declaraciones falsas o engañosas partieron de una misma persona en un período de cuatro años. El emisor fue el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el registro fue realizado por el equipo de fact checking de The Washington Post, que recopiló estas frases desde su asunción hasta agosto de este año. 

En el caso de la crisis sanitaria, a pesar de que Estados Unidos es el país con más muertes por COVID-19, Trump ha repetido que Estados Unidos tiene “las tasas de letalidad más bajas de cualquier país” y que están superando la situación.

Haciendo caso omiso a las recomendaciones de la ciencia, el mandatario ha desestimado el uso de tapabocas y el distanciamiento físico como medidas efectivas de prevención. De hecho, en septiembre, en una conferencia de prensa en la Casa Blanca, Trump le pidió a un periodista que se quitara el tapabocas. “Tienes que quitárselo, por favor (...) ¿a cuántos metros de distancia estás?”. El periodista se negó. 

A pocos días de la elección, el 22 de octubre, el equipo de fact checkers de The Washington Post anunció que Trump empezó a decir en promedio más de 50 declaraciones falsas o engañosas por día y que incluso el 11 de agosto batió un récord: llegó a su máximo, con 189 declaraciones falsas en un día. Según el medio, al finalizar la carrera electoral, es probable que Trump haya superado las 25.000 declaraciones falsas.                           

¿Cómo abordar las mentiras de los políticos en medio de una pandemia? ¿Cuál es el impacto en la sociedad? ¿Qué estrategias han adoptado los medios y periodistas? 

El puntapié de la desinformación

Al igual que sucedió en la campaña electoral que llevó a Jair Bolsonaro a la presidencia de Brasil, la desinformación en torno al COVID-19 hizo lo suyo por todo este país. Ante esta situación, periodistas y fact checkers se pusieron nuevamente en alerta para pensar formas estratégicas de combatir el fenómeno.

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Tai Nalon, directora ejecutiva y cofundadora de Aos Fatos, cuenta que si bien el fact checking era fundamental en su trabajo diario, a veces sentía que solamente podían ver la punta del iceberg y no toda la interconexión que existe para que un contenido de desinformación se vuelva viral. Es por eso que lanzaron Radar Aos Fatos, una herramienta basada en un algoritmo que monitorea en tiempo real, a través de padrones del lenguaje, campañas de desinformación.

“Lo que vimos a partir de Radar fue que los políticos son los principales portavoces de información falsa en muchas redes sociales que monitoreamos, e incluso en WhatsApp, donde no vemos el origen de la desinformación. Sabemos que [la desinformación] está vinculada a una agenda particular, que también es tendencia en Twitter o Facebook porque los políticos la habían apoyado”. 

Si bien se sabe que hay un interés político detrás de la desinformación, Nalon explicó que era muy difícil probarlo a gran escala. “Ahora tenemos una enorme cantidad de data que puede probar su conexión”, señaló. Por ejemplo, Aos Fatos monitoreó la campaña de desinformación a favor de hidroxicloroquina y pudieron constatar que Bolsonaro, a través de sus declaraciones en redes sociales, había amplificado la desinformación sobre esa sustancia. 

También pudieron observar cómo diputados y senadores propagaron desinformación acerca del distanciamiento social. “Al tiempo que lo tuitearon o lo postearon en YouTube o Facebook, la información engañosa se volvió viral y se vuelve mucho más difícil de desenmascararla de manera efectiva”, explicó. 

Muchos políticos usan la desinformación como estrategia. “No les interesa ganar una argumentación diciendo que plantean es verdad, sino que lo que quieren es crear un estado permanente de duda acerca de la información veraz”. El objetivo, dice Nailon, es crear diferencias entre las personas promoviendo la idea de que hay ciertos grupos que no son de fiar, porque tienen malas intenciones. 

Un ejemplo de esto fueron las reiteradas declaraciones de Bolsonaro en contra de gobernadores y alcaldes de grandes ciudades, a los que cuestionó por estar trabajando en contra la economía, ya que cerraban comercios durante la pandemia. “En realidad estaban ayudando a buscar una solución en el marco de la pandemia. Básicamente, lo que hizo fue crear una cierta hostilidad contra ellos y algunas personas empezaron a desconfiar de esas autoridades”.

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André Shalders, corresponsal de la BBC Brasil, explicó que las autoridades tienen, en teoría, un gran poder para propagar la desinformación, dado que sus declaraciones alcanzan a toda la población. A modo de ejemplo, se refirió a la vacuna CoronaVac, que se desarrolló en China y se está testeando en Brasil, y la desconfianza que hay en la sociedad como consecuencia de información falsa que se volvió viral. “La desinformación está afectando el comportamiento de las personas. A pesar de que no podemos medirlo, es seguro que la desinformación impactó en la forma en que la crisis de coronavirus evolucionó en Brasil”, afirmó. 

Hay alternativas 

Ante la desinformación promovida por políticos, y en muchos casos por sus simpatizantes, los periodistas buscan chequear los datos, dar voz a los especialistas y verificar las declaraciones de los dirigentes, así como contrastar lo que dicen las autoridades con la información pública disponible, cuenta Shalders. En algunos casos, los medios han optado por indicar en los titulares que lo que dice una autoridad es mentira o no está probado, algo que antes no era tan usual en la prensa brasileña. 

“Es necesario restablecer la confianza en las noticias para ser 100% efectivos” en el combate a la desinformación, dice Nalon. Para la directora ejecutiva de Aos Fatos, un primer paso es reconfigurar esa confianza con los lectores de los medios, ya sea con grupos pequeños o grandes comunidades. 

En segundo lugar, en el contexto de una pandemia, no es admisible el argumento de que el periodismo tiene que escuchar las dos campanas. En Brasil, contó Nalón, bajo esta premisa, se le dio lugar a personas que negaban datos científicos básicos en televisión nacional. “No puedes avanzar hacia una sociedad más informada si le das el mismo valor a lo que dice un científico que a lo que dice alguien que no tiene ningún conocimiento sobre ese tema”, señaló. 

Esfuerzos colaborativos

Ante la desinformación sobre la pandemia, hubo esfuerzos conjuntos en Brasil. Varios medios, entre ellos, Folha de S. Paulo, O Estado de S.Paulo, Globo, Extra, G1 y  UOL conformaron un consorcio para obtener información directamente de los estados -y no del gobierno- sobre los fallecimientos por COVID-19 y el número de casos positivos. “No solo fue algo bueno, sino también fue simbólico. Los mayores competidores trabajando juntos para obtener información confiable y brindarla a la ciudadanía de manera uniforme”, explica Nalon.

La colaboración internacional también fue importante para el periodismo brasileño. Aos Fatos, por ejemplo, fue parte de una colaboración internacional relacionada con la desinformación vinculada al COVID-19, en el marco del International Fact Checking Network. A partir de la colaboración con otros medios pudieron observar, por ejemplo, que una misma desinformación se repetía, en tiempos diferentes, en los distintos países. 


Imagen con licencia Creative Commons en Unsplash, vía Jade Scarlato