Reporteros y fotógrafos de calle enfrentan escalada de violencia en Perú

Nov 11, 2022 em Seguridad digital y física
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Aunque la cobertura en las calles siempre ha implicado un riesgo, las cifras muestran un incremento de la violencia contra los periodistas en los últimos años. Esto es percibido por reporteros y fotógrafos de diferentes medios de cobertura nacional, quienes han implementado medidas de seguridad; incluso, quitar de sus micrófonos el logo de su medio de comunicación para evitar ser agredidos.

Las cifras de agresiones contra periodistas en Perú son contundentes. En 2020, la Asociación Nacional de Periodistas (ANP) registró el número más alto de agresiones en dos décadas: 239 ataques contra hombres y mujeres de prensa. Al año siguiente, la estadística también superó los 200 casos de violencia y, solo entre enero y marzo de este año, la ANP ya ha registrado 74 ataques contra periodistas. En este contexto hay un grupo más vulnerable: reporteros, camarógrafos y fotoperiodistas que trabajan en las calles.

En junio de este año, por ejemplo, un reportero y un camarógrafo de Hechicera Diario, Radio y Televisión, medio local de la región norteña de Tumbes, fueron golpeados por trabajadores de una obra pública. En septiembre, en la región costera del Callao, desconocidos rompieron el parabrisas del vehículo usado por periodistas del portal Prensa Callao. Ese mismo mes, un corresponsal del diario La República en Puno, en la Sierra peruana, fue agredido dentro de una entidad pública mientras cubría una diligencia judicial.

“Los reporteros de calle tienen la consigna de que hay que aguantar todo porque están en la calle, pero yo discrepo: somos seres humanos y nadie tiene el derecho de atacarnos solo por hacer nuestro trabajo”, dice Xenia Martínez, reportera que trabaja desde hace dos años en Radio Programas del Perú (RPP), emisora de alcance nacional con coberturas en vivo también por televisión e Internet. Para Martínez y otros colegas, el hostigamiento y la violencia contra la prensa en las calles ha aumentado en los últimos años.

Un problema real

En agosto de este año, la reportera del medio Exitosa, Cari Saldaña, fue agredida físicamente por un grupo de simpatizantes del Gobierno actual en el centro de Lima, la capital peruana. “Me jalonearon y patearon, me tiraron un sombrillazo en el estómago”, recuerda Saldaña en conversación con IJNet. Las agresiones, sin embargo, no se limitan a un solo bando político. El año pasado, por ejemplo, el fotógrafo John Reyes, del diario La República, fue agredido en el suelo por un integrante de un colectivo de extrema derecha.

“Siempre ha habido riesgo en la calle [...] grupos que nos llaman prensa ‘mermelera’ o ‘basura’”, explica Reyes, quien tiene siete años de experiencia. En marzo, Reyes sufrió otra agresión. Mientras registraba el ataque a una colega suya, un manifestante “me mete un puñete y rompe mis lentes de aumento; felizmente los vidrios no me cortaron la cara”. A estas agresiones se suma que fotógrafos y camarógrafos están expuestos a robos. “A mí me han robado dos veces [durante una cobertura]”, dice Reyes.

Saldaña, por su parte, alerta que las agresiones se han expandido más allá de la política. “Los insultos en la calle migraron a otros temas; a una compañera la cachetearon [durante una cobertura] que no tenía que ver con política”, explica. Para Saldaña, la sociedad tiene una mirada negativa hacia la prensa en general, pero su único desfogue lo encuentran con los reporteros en la calle: “Yo sí siento mayor agresividad al trabajo de los reporteros, contra quienes la gente desfoga esa cólera sobre los medios de comunicación”.

Medidas de seguridad

En este contexto, los reporteros y fotógrafos de Perú han adoptado medidas de seguridad. Por ejemplo, el medio de comunicación de Martínez le otorga un casco y una máscara antigás desde las protestas ocurridas en la capital peruana en noviembre del 2020, donde varios periodistas fueron heridos por perdigones y bombas lacrimógenas disparadas al cuerpo por la Policía. Es el mismo caso de Reyes: “en una protesta siempre trato de llevar una mascarilla antigás y un casco, que el diario nos proporciona”.

Una segunda medida de seguridad implementada es el desplazarse en grupo. “Si ven a un reportero solo, lo atacan; en cambio, en grupo podemos apoyarnos”, dice Saldaña. Reporteros de varios medios han creado un grupo en Whatsapp para coordinar sus desplazamientos y velar por la seguridad de sus colegas. Hace poco, por ejemplo, Martínez y sus colegas fueron al auxilio de un camarógrafo de televisión que se había quedado solo en la cobertura de una protesta, y a quien la gente intentaba quitarle su cámara.

Ante la escalada de violencia, algunos reporteros incluso han optado por quitar las etiquetas de sus medios a sus micrófonos para evitar ser reconocidos y luego agredidos. “He conversado muy amablemente con varias personas que, cuando veían el logo de mi medio en el micrófono, se transformaban, tenían una actitud más agresiva conmigo”, explica Martínez. “Es bastante evidente el rechazo hacia los medios de comunicación tradicional y, por ende, a quienes portamos el logo de estos medios”, agrega.

Una solución real

Martínez, Reyes y Saldaña coinciden en que se necesita un mayor interés y apoyo de los propios medios de comunicación y gremios periodísticos para denunciar estos actos de violencia. La primera explica que estos “no son conscientes de lo mucho que ha escalado la violencia”, mientras que Reyes señala que las muestras de solidaridad con los reporteros y fotógrafos agredidos a veces responden más a intereses políticos que a una preocupación real por su bienestar.

A esto se suma que, de acuerdo a Saldaña, las denuncias por las agresiones no prosperan. “Cuando quieres presentar una denuncia, nadie te apoya; creen que, como periodista, te tienen que pasar [estas agresiones]”. Saldaña agrega que la falta de una solución sistemática a este problema está provocando la normalización de la violencia contra la prensa: “Siempre hay muestras de solidaridad ante una agresión, pero estamos normalizando la violencia, como si estar en peligro fuera parte del trabajo del reportero en la calle”.

“Estoy agotada y creo que es un sentimiento general, no solo mío”, concluye Martínez. Para Saldaña es igual: ella y sus colegas suelen conversar sobre el desgaste emocional de la cobertura en las calles de los últimos años. “Cuando he sido víctima de una agresión, siempre he tratado de pararme e ir con la Policía, pero eso cansa, fastidia y molesta”, explica. En pocos meses se conocerán las nuevas cifras de la ANP que, muy probablemente, reflejarán esta escalada en la violencia.


Imagen de Álvaro Palacios en Unsplash.