Mujer versus virus: las cuatro cosas que aprendí sobre el periodismo cuando me convertí en noticia

porMeg Heckman
Mar 24, 2011 en Miscellaneous

Hace casi dos años, mi jefa me sugirió que me convirtiera en el componente central de un reportaje. Estaba en la mitad de un tratamiento experimental y agotador para combatir la hepatitis C, una enfermedad potencialmente letal que afecta al hígado y que contraje cuando era niña.

Mi caso presentaba todos los elementos necesarios para producir un reportaje de alta calidad. Había un conflicto central, mujer versus virus, y una pregunta clave: ¿se va a curar?

Además, la hepatitis C es una epidemia sobre la que no se informa como corresponde, más allá de que afecta a una significativa parte de la población y puede causar la pérdida de millones de vidas y miles de millones de dólares.

Yo, como periodista, sabía que valía la pena contar mi historia, pero fue la editora Felice Belman, del Concord Monitor, quien me pidió que me convirtiera en la fuente principal. Un día, mientras almorzábamos, Belman me planteó su idea: escribir una nota en primera persona y dividirla en diferentes capítulos, con mucha información de fondo para darle contexto al tema.

La idea era que el artículo tratara sobre la epidemia, la investigación médica en seres humanos y las razones por las cuales muy pocas personas tienen conocimiento sobre la existencia de un virus que afecta a los estadounidenses hasta cuatro veces más que el SIDA.

Por muchos motivos, se trataba de un proyecto ambicioso. Para empezar, me sentía horrible, teniendo en cuenta que los medicamentos antirretrovirales pueden provocar efectos secundarios espantosos. En ese entonces sentía que era una lucha poder mantener el ritmo que me demandaba mi carga de trabajo habitual. Además, la plantilla de periodistas del diario es chica y parece que cada día aumenta la necesidad de dedicarle más tiempo a nuestras tareas laborales.

La investigación y la redacción llevó más tiempo de lo que yo esperaba, pero el pasado mes de diciembre pudimos terminar el proyecto, al cual llamamos “Mi epidemia”. Durante toda una semana, publicamos en la edición digital y en la impresa un capítulo nuevo, y usamos las redes sociales para darle difusión a la historia y recibir la retroalimentación de los lectores.

El resultado que obtuvimos fue un importante recordatorio del poder que tiene el estilo narrativo y el potencial que existe en las redes sociales para que nuestras historias de vida no mueran nunca.

Primera lección: cuenta tu historia de una manera que funcione tanto para ediciones impresas como para ediciones digitales.

Sí, el periodismo ha cambiado, pero el estilo narrativo sigue siendo efectivo, especialmente si tiene en cuenta a los dos formatos de publicación.

Decidimos dividir la nota en varios capítulos por motivos prácticos. Los altibajos y el suspenso que generan una historia contada en diferentes capítulos reflejan lo que en la realidad vive una persona que tiene una enfermedad crónica.

En la edición impresa, pudimos publicar varios capítulos del artículo junto a noticias de actualidad y tuvimos la suerte de encontrar suficiente espacio para poner fotografías y gráficas. Por su parte, la edición digital nos permitió invitar a los lectores a que accedieran al reportaje por medio de Facebook y Twitter, y divulgar información y datos concretos sobre la hepatitis C.

El proyecto fue un éxito para el sitio web, ya que las visitas aumentaron un 12% con respecto a diciembre de 2009. Este aumento en el número de usuarios, estableciendo una comparación entre un mes y otro, fue por lejos el más significativo de los últimos años.

Segunda lección: busca documentación e incluye detalles para darle contexto a la nota.

Escribir sobre mí misma requirió más investigación que escribir sobre otra persona. Cuando escribo sobre los demás, trato de meterme en sus cabezas, lo cual exige observar durante muchas horas cómo viven diariamente. En este caso, tuve que hacer lo opuesto y ubicarme en el contexto de la epidemia.

Mi hermano, que es doctor, me recomendó leer revistas médicas y me ayudó a entender el lenguaje técnico. También recurrí a la base de datos de una biblioteca pública para revisar archivos y ver qué tipo de cobertura mediática ha tenido la hepatitis C y de qué forma han respondido las autoridades de salud pública frente a la epidemia.

Lo más importante fue mi propio historial clínico. En él encontré apuntes detallados que los médicos habían escrito sobre todos los exámenes a los que me sometí cuando era una adolescente. Asimismo, descubrí la existencia del comprobante de una transfusión de sangre que recibí cuando era niña y que, efectivamente, revelaba la forma en la que había contraído la enfermedad.

Una de las cosas más difíciles que tuve que hacer fue elegir qué elementos incluir en la nota, en particular cuando se trató de describir mi nacimiento. Había tanta información: mi bautismo hecho de forma apurada, mi padre durmiendo en el piso del cuarto, mis padres en su camioneta siguiendo a la ambulancia de un hospital a otro, sin saber si estaba viva o muerta. Todos estos datos son importantes para la familia de uno, pero no contribuyen a la esencia de la historia. Haberlos incluido habría significado no ser rigurosa y no aportarle nada al lector.

Tercera lección: sé honesto acerca de tus miedos y lo que te incomoda.

Resulté ser un pésimo sujeto fotográfico. Durante más de una década, me capacitaron para que colaborara, colaborara y colaborara más con los reporteros gráficos. Eso es lo que planeé hacer para este reportaje, pero no terminó siendo así.

La fotógrafa Katie Barnes empezó a trabajar en la redacción del diario unos meses después de que yo empezara el proyecto y rápidamente la asignaron a que cubriera mi historia. Dudé a la hora de involucrar a Katie en ese infierno médico y, de forma irracional, no confiaba en nadie más que yo para que las cosas salieran bien.

Igualmente, hubo retos desde el punto de vista logístico. Uno de los efectos secundarios de la medicación antirretroviral es la desconcentración temporal. En mi caso, esto significaba ir al trabajo con zapatos de distinto par, perderme en el supermercado y olvidarme de decirle a Katie que estaba sucediendo algo relevante que podía ser considerado para usar en el reportaje.

En ese sentido, Katie me escribió una lista de cosas para hacer: salir a pasear con el perro, cocinar, ir al acupunturista, actividades que la ayudarían a ella a contar visualmente mi historia.

Sé lo que significa, lo que se siente, ser el sujeto periodístico de otro. Las fuentes que usamos arriesgan mucho cuando nos cuentan su historia: su reputación, su imagen pública, la verdad sobre cómo se ven a ellos mismos. Construir una relación basada en la confianza con la gente con la que trabajamos es fundamental y, por esa razón, contar una historia con información fidedigna y precisa requiere mucho tiempo.

En última instancia, Katie decidió integrar en el reportaje aquellas cosas que me incomodaban, para lo cual produjo un video en el que yo hablaba sobre mis sensaciones con respecto al proyecto. Me sentí aterrorizada cuando me senté frente a la cámara, pero hacía un año que veníamos trabajando juntas y entendí que se trataba de una parte de la historia que solamente ella podía contar.

Cuarta lección: protege lo que has cultivado.

La respuesta que obtuvo el reportaje fue abrumadora. Al momento de publicarse el último capítulo, tenía seguidores en Twitter de Rusia y mi correo electrónico y mi contestadora telefónica estaban llenos de mensajes de otras personas que tenían hepatitis C.

Mis editores y yo decidimos agrupar algunas de las respuestas en lo que terminó siendo el séptimo capítulo del reportaje. Mientras escribía, me preguntaba si ese cambio de estilo, con un componente internacional y heterogéneo, hubiera sido posible diez años atrás.

El reportaje sigue vivo. Suelo recibir correos electrónicos todas las semanas de gente que se enteró de la nota, en varias oportunidades por medio de Facebook o Twitter. En muchos casos, tienen una conexión personal con la enfermedad. Por ejemplo, recuerdo a una adolescente que vive en California que, al igual que yo, contrajo el virus cuando era una niña y, al igual que yo, ha tenido que tolerar prejuicios dolorosos de parte de sus pares.

Cuando leí su correo electrónico, me sentí muy mal al saber que otra adolescente tuvo que vivir con tanto miedo, vergüenza y humillación. Después me dijo que les mostró a sus familiares y amigos el reportaje y que, al final, la empezaron a entender.

Meg Heckman escribe y trabaja en el área de periodismo digital del diario Concord Monitor. En 2001 fue becaria del programa de verano del Instituto Poynter y es graduada de la Universidad de New Hampshire, donde actualmente se desempeña como instructora adjunta del programa de periodismo.

Este artículo fue publicado inicialmente en Poynter Online, la página web del Poynter Institute. Fue traducido y publicado por la IJNet con la autorización de dicho instituto. El Poynter Institute es un centro de capacitación periodística que viene fomentando la democracia desde hace más de 35 años. Poynter ofrece talleres de capacitación que se adaptan a cualquier horario, con asesoramiento individual, seminarios presenciales, cursos online, seminarios web y más.

Fotografía de Edward Olive, Licencia de Atribución Creative Commons