La experiencia de trabajar como corresponsal en Birmania

porLes Neuhaus
Oct 22, 2014 en Freelancing

Hereward Holland, un periodista independiente británico que actualmente vive en Rangún, Birmania, está conociendo a un país que estuvo cerrado al mundo durante décadas por el gobierno de una junta militar que prohibió la libertad de prensa y el sistema político democrático.

Aunque todavía queda mucho por hacer en este país, el hecho de que un medio de comunicación occidental pueda tener acceso al territorio ha sido considerado como un hito.

Holland comenzó su carrera como pasante en la oficina de Reuters en 2008 en Nairobi, Kenia, a la temprana edad de 23 años. Vivió en África central y occidental y finalmente en Sudán del Sur (cuando este territorio se convertió en estado independiente en 2011) antes de trasladarse al Sudeste Asiático.

IJNet conversó con Holland mientras se preparaba para cubrir un doble asesinato en Tailandia, país vecino de Birmania.

¿Cómo fue que llegaste a vivir en Rangún?

Me mudé hace casi un año para trabajar para Al Jazeera. Me interesaba hacer la transición de ser un profesional que trabajaba en de forma escrita y apenas utilizaba el video a convertirme en un verdadero videoperiodista. Me gustó la idea de Birmania, porque me parecía un país en constante transición, que estaba experimentando enormes cambios tanto en el panorama social como también en el político y el económico. También quería estar en un lugar que me pareciese interesante, pero menos tenso que otros países como Sudán del Sur, donde había trabajado bajo condiciones muy estresantes durante dos años. Necesitaba un poco de tiempo para relajarme y empezar de nuevo.

Sé que antes residiste en Ruanda, Ghana y Sudán del Sur. ¿Qué diferencia encontraste con trabajar en esos otros lugares?

Cada uno de esos destinos planteó sus propios desafíos y este no fue la excepción, pero hay elementos de esos otros países que puedo reconocer en Birmania. Es menos explícitamente violento que Sudán del Sur, aunque su transición hacia la democracia se ve entorpecida por  rivalidades étnicas similares que luchan por el reconocimiento y el poder. Como estado policial, es similar a Ruanda y las personas todavía tienen miedo de decir lo que piensan, aunque no parece haber el mismo clima de frustración reprimida entre la gente.

La sospecha y el desprecio del gobierno hacia los medios es similar a la de Ghana, donde es casi imposible entrevistar a ministros o a cualquier otra autoridad. La fragmentación de los grupos armados y las insurgencias sin fin en las fronteras entre China y Tailandia, a través de las cuales se trafican miles de millones de dólares en joyas, metales preciosos y madera, me recuerdan claramente a los problemas de Congo.

¿Para qué medios has colaborado desde Birmania?

Al Jazeera, BBC, National Geographic, CNN, Sky News, Financial Times, AFP, Sunday Times, ABC, VOA y el Daily Telegraph. Es agotador realizar coberturas de todo lo que ocurre, sobre todo si eres tan malo para las finanzas como yo.

La junta militar ha abierto un poco más el país en los últimos dos años. ¿Cómo ha impactado esto en tu trabajo periodístico? ¿Se ve limitado de alguna forma o las cosas se han vuelto más fáciles?

He tenido el privilegio de presenciar solamente los buenos tiempos, cuando las puertas ya se han abierto, de manera que es difícil para mí decir qué tanto han cambiado las cosas. Mi impresión es que el statu quo de censura total y draconiana se fue por la ventana y que las autoridades todavía están tratando de decidir qué límites hay que ponerle a los periodistas.

Los límites todavía se están redibujando, por lo que los periodistas locales e internacionales deben mantener la presión para establecer y consolidar un nuevo estándar. Esto también tiene que ser regulado por un tipo de periodismo responsable y ético, que muchos periodistas bien dispuestos pero con poco entrenamiento no entienden realmente. El mal periodismo podría agudizar las divisiones étnicas, provocar violencia entre comunidades y dar un pretexto para reintroducir la tan despreciada censura.

Cuéntanos qué tuviste que hacer para cumplir con la última nota de National Geographic y a qué dificultades te enfrentaste.

He escrito un par de historias para National Geographic (NG) últimamente. La primera fue la más difícil, sobre todo por razones logísticas. Tuvimos que volar a China y entrar ilegalmente por la frontera a la zona de Birmania controlada por los rebeldes, vadeando un río en medio de la noche. Pero tampoco quiero dramatizar sobre esto. Dormí en el asiento trasero del taxi durante todo el camino y me desperté en la entrada del hotel.

El siguiente reto fue convencer a los rebeldes de que proporcionaran datos sobre los “impuestos” que cobran a los camiones que contrabandean madera desde las tierras bajas de Birmania hacia China. Al principio los rebeldes no quisieron darnos ningún dato por la obvia razón de que quedarían implicados en la asistencia al tráfico de una madera que se encuentra en peligro de extinción. La clave fue encontrar una manera de ganarme su confianza y explicarles de qué modo la difusión de esa información los beneficiaría.

Me decidí a desafiar a sus generales de alto rango a un juego de golf en el campo de seis hoyos que construyeron en 2006 en la frontera con China, a 5 kilómetros de la zona limítrofe. Funcionó de manera brillante. Con algunas cervezas de por medio, les expliqué que si los rebeldes fuesen más transparentes acerca de sus fuentes de ingresos, le demostrarían a los diplomáticos occidentales que efectivamente están interesados en encontrar una solución política a un conflicto que lleva 50 años y no tanto en simplemente continuar ganando dinero mediante el contrabando. De esa manera, los diplomáticos serían más receptivos con su causa en las actuales negociaciones de paz.

Al día siguiente nos llevaron al departamento económico de los rebeldes y nos mostraron mapas con las rutas del contrabando, la ganancias anuales en cada puesto de control y mucho más. Fue la primera vez que se escribió algo sobre este tema. Y además acerté un hoyo al primer tiro en un campo de golf en Birmania controlado por rebeldes.

¿Hay que desconfiar de la población civil cuando estás trabajando en un reportaje? ¿Ellos desconfían de ti?

En la mayoría de las historias en las que he trabajado las personas normales están muy dispuestas a hablar y expresarse. A pesar de décadas de dictadura, las personas de Birmania son ratones de biblioteca y mucho más cultos que mi generación en el Reino Unido, así que entienden la parodia de la junta militar y son conscientes de sus derechos democráticos. Quienes son desconfiadas y tienen miedo trabajan para el gobierno, y creo que se trata de un miedo sano. El verdadero peligro es cuando un gobierno es indiferente a las opiniones de su gente y de la comunidad internacional.

¿Qué le dirías a los periodistas que estén interesados en cubrir algún tema en Birmania?

Es un país extraño y digo esto con gran afecto. El país está cambiando muy rápido y eso crea un terreno fértil para trabajar en artículos sobre casi todos los sectores y aspectos de la vida. Todo está en proceso de cambio. Dicho esto, me ha sorprendido la poca cantidad de noticias fuertes o impactantes que ha habido en el último año. He escrito un montón de artículos, he hecho un montón de investigaciones y he cubierto solo una o dos historias que han llegado a la agenda global.

En esencia, es barato vivir, la comida está bien, el país es hermoso y, sin querer orientalizarlo ni mistificarlo demasiado, se ha aislado durante tanto tiempo que tiene un aire claramente exótico en comparación con la vecina Tailandia, que ha recibido a millones de turistas, miles de millones de dólares en inversiones y décadas de exposición a la cultura occidental.

Ah, y hace calor. Y cuando no hace calor es húmedo y pesado.

Imagen principal vía Hereward Holland.